Domingo, 08 de Enero de 2012

 

 

Igualdad de acceso / La historia de Perla Filcman, vecina de Palermo

Se cansó de lidiar en su silla de ruedas con obstáculos callejeros

Por Pablo Tomino | LA NACION

 

 En este relato podemos vernos reflejados muchos de los que necesitamos de silla de ruedas, motorizada o no, para desplazarnos.

¡HASTA CUANDO!.

Desgraciadamente el legislador lo contempla pero la aplicacion no se audita.

En Esclerosis Múltiple permanecemos en la invisbilidad más absoluta. Reconocimiento del 33 % de grado de discapacidad !!!YAAA¡¡¡

 

 

Mi enfermedad me obliga a estar en una silla de ruedas. Y esta ciudad, a no salir de mi casa; así de complicada es mi situación..." Perla Filcman tiene 54 años y vive en pleno corazón de Palermo. A los 42, le diagnosticaron esclerosis múltiple, una enfermedad que ataca el sistema nervioso central y que la confinó desde hace un año a una silla motorizada, en una Buenos Aires con problemas de accesibilidad.

En 2011, esta madre de dos hijos -uno fallecido- comenzó a cursar la carrera de psicología en la Universidad de Palermo, a una cuadra y media del departamento que habita en Honduras al 3700. Pero a mitad del cuatrimestre tuvo que abandonar la carrera: su cuerpo cansado le dijo "basta". No toleró el esfuerzo de tener que hacer casi tres cuadras de más para buscar alguna rampa accesible, sortear las veredas rotas, lidiar con los imprudentes automovilistas y poder cruzar hasta la sede universitaria, situada en Mario Bravo al 1200.

"No pude seguir porque mi cuerpo va perdiendo fuerzas y hoy las rampas que tengo para cruzar las calles están mal hechas, son altas, son un desastre. Las veredas, peor. No puedo ir hasta Alto Palermo, que me encanta y que está a cuatro cuadras, sin pedir ayuda o sin decirle a mi marido que me lleve en el auto", cuenta.

La fuerza de Perla está en su corazón, en su alma. Hace nueve años perdió a su hija, de 19, cuando un conductor ebrio chocó con el taxi en el que viajaba, en Córdoba y Thames. Esa imprudencia se llevó la vida de Vanina y, también, una buena parte de su salud. "Yo ya estaba enferma cuando ocurrió esta tragedia, pero después de eso, la vida me cambió por completo. Lloré, grité y empeoré mi salud. Pero puse todo lo que tenía para salir adelante. Tengo una linda familia -conformada por su marido, Abel, y su hijo, Damián- que me apoya. Como ya no trabajo más, la facultad era mi cable a tierra, mi distracción", se lamenta.

Acompañar a Perla en el recorrido que hacía para llegar hasta la Universidad de Palermo, donde le brindaron todas las facilidades para que pudiera cursar allí, despierta impotencia. Las rampas rotas, con césped crecido o con basura en el camino, la obligan a requerir de ayuda para poder cruzar, por ejemplo, Mario Bravo, esquina Honduras. "¿Te das cuenta de que no podés bajar bien? Y si no me apuro, los conductores me pisan", dice, y acelera el scuter, su silla motorizada.

Como en la esquina de De la Cárcova y Mario Bravo no existen las rampas, Perla, cuya independencia parece el bastión de su lucha, emprende un camino de 250 metros extra para llegar a destino. "Hace un año, llevé una carta al Centro de Gestión y Participación de Palermo, pidiendo una solución, y... ¡me la perdieron! También llamé al Copidi [ver aparte], y aún no me escucharon. Y acá estoy hoy, en casa, queriendo salir a los únicos lugares del barrio que son aptos para discapacitados: el supermercado Coto y Farmacity. Esto no pasa en otras grandes ciudades del mundo, como Miami", dice mientras menea la cabeza.

En la rampa de Mario Bravo, esquina Gorriti, Perla se atasca al bajar y enterrar la rueda delantera en una profunda canaleta de desagüe. Es imposible cruzarla. Pero ahí está. Para peor: ni siquiera hay senda peatonal y queda expuesta a los autos de vienen de Gorriti y giran hacia Mario Bravo. "¿No ves? ¿Qué podes hacer frente a esto? ¡Nada! ¡Nada! Necesitás de otros. Mucha gente te ayuda, pero también mucha gente te ignora. No respetan tu lugar exclusivo para estacionar el auto o en las colas de los supermercados se hacen los distraídos si tienen que darte el lugar."

Perla tardó 32 minutos en ir desde su casa hasta la Universidad de Palermo, a 150 metros de distancia, por el único camino posible que le permiten las benditas rampas. En tres sitios necesitó asistencia. Exhausta, llegó. Y antes de despedirse, dejó una promesa con aire de deseo: "Si arreglan estas calles, por supuesto que volvería a estudiar. Es un sueño lindo que quería cumplir"..